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#JuevesDeRazón Las fronteras, la propiedad y el dinero

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Como muchos ya se habrán dado cuenta, siento cierto escozor por las cosas que no existen realmente.

Unas de estas cosas son las fronteras, la propiedad y el dinero. Muchos dirán, pero si tanto las fronteras, la propiedad y el dinero existen. Y les daría un punto porque al menos estos se pueden ver y tocar, pero eso no es suficiente. Todas las cosas que ha hecho el hombre son, o una versión mecánica o digital de algo que existe en la naturaleza (desde las herramientas más rudimentarias hasta los medios de transporte), o la manipulación de elementos y fenómenos naturales debido al entendimiento de sus comportamientos gracias a las ciencias (como las computadoras donde hay metales, semiconductores, óptica y electromagnetismo).

¿En qué categoría entran las fronteras, la propiedad y el dinero? Pues en ninguna. Entonces, ¿de dónde vienen? Empecemos con las fronteras y la propiedad.

Cuando el ser humano empezó a dar sus primeros pasos, se agrupaba en pequeñas tribus, un grupo pequeño de personas, seguramente familiares todos en un principio. Estas tribus permanecían en un lugar donde podían cubrir sus necesidades básicas: refugio, agua, alimento, minerales para armas y herramientas. Una vez que los recursos que cubrían estas necesidades se agotaban, tenían que desplazarse a otros lugares. A esto se le conoce como nomadismo. Luego de muchos años de vivir de esta forma, se fue dando la revolución agrícola. El ser humano fue capaz de modificar su entorno para cultivar alimento y construir viviendas cerca de lagos, ríos y playas, dando nacimiento al sedentarismo (como oposición al nomadismo, no lo que se entiende hoy en día). Digamos que una tribu ya se instaló y llega otra. Seguramente la primera tribu habrá producido lo suficiente para cubrir sus necesidades y un poco más, pero no la de otra tribu. Si la otra tribu no había aprendido la agricultura aún, seguramente intentaría arrebatar lo que había cultivado la primera tribu. Esto solo podría acabar de dos formas, o bien se daba una guerra a muerte entre tribus o la primera tribu adoptaría a la segunda tribu y les enseñaría a cultivar también; más gente, más producción, todos felices. Ahora bien, digamos que por alguna razón esta alianza no fructificó por lo que se volvieron a dividir. Probablemente el líder de la tribu que se separó se instalaría, gracias al nuevo conocimiento acerca de la agricultura, en un lugar cercano. Eventualmente, miembros de estas tribus se encontrarían y pelearían por los mismos recursos, por lo que habría que solucionar esto. Lo más lógico, delimitar la región y dividir una zona para una tribu y otra para la otra. Así nacieron las fronteras, y con ellas la propiedad. Lo que está de mi lado de la frontera me pertenece y lo que está de tu lado te pertenece.

Esto no se da naturalmente, es un acuerdo entre dos partes, una construcción mental que, compartida por ambas tribus, se convierte en una construcción social. Realmente no existe tal delimitación y nada es de nadie. Nada impide que una persona de una tribu pase al otro lado y tome algo salvo el acuerdo entre ambas tribus.

Con el tiempo, una tribu necesitará recursos que no tiene o le son escasos de la otra y viceversa. Aquí se inventa la figura del trueque, un sistema de intercambio que era muy sencillo y práctico para cuando querías intercambiar digamos huevos por manzanas o ropa por alimento. Esto se asemeja a las relaciones simbióticas que se dan entre dos especies, por ejemplo, la rémora y el tiburón, donde el tiburón le da alimentación y cierta protección a la rémora y esta, a su vez, mantiene limpio al tiburón, viéndose beneficiados ambos de esta interacción. Pero llegó un momento en que estas transacciones se fueron haciendo cada vez más complejas, por ejemplo, ya no querían cambiar huevos por manzanas sino por una parcela de tierra. ¿A cuántos huevos equivale una parcela? ¿Cómo transportar dicha cantidad de huevos? Por esta razón se tuvo que idear un nuevo método de intercambio. Aquí nació el dinero, pero no como lo conocemos ahora. En un principio se utilizaban solo monedas, generalmente de oro y plata, que podían ser transportadas e intercambiadas con mayor facilidad y que en sí mismo “tenía valor”. ¿Qué valor? Pues nuevamente, el que acordaban las partes. Otra vez, una construcción social entre un grupo de personas. El oro como tal no tiene más valor que el uso que puedas darle mediante la orfebrería o métodos más modernos que no se podían ni concebir en ese entonces. No es un reemplazo del alimento o de la vestidura o de un medio de transporte como el caballo, no en ese entonces al menos (he escuchado de oro comestible, están los accesorios y prendas y por ahí me pareció ver un auto hecho de oro, pero divago).

Este sistema de intercambio se fue degenerando hasta lo que conocemos hoy en día, pero no voy a abordar eso en este artículo (y no sé si lo haga algún día).

El punto es que hemos basado nuestras sociedades en conceptos tan vacíos como frontera, propiedad o dinero, que lo único que han logrado, sin necesidad alguna, es dividirnos como especie humana, hacernos egoístas y generar miseria… respectivamente. ¿Que si funcionaron en un momento? Seguro que sí, pero su utilidad ha ido disminuyendo al punto que ya es más un estorbo que una solución. Debemos usar nuestro ingenio para hallar una solución a la distribución de los recursos que necesitamos usando los métodos y herramientas que tenemos a disposición hoy en día, tal como lo hicieron nuestros antepasados en su momento de la historia.

Javier Narváez

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