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#JuevesDeRazón TRISTEZAS Y DECEPCIONES

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¿Alguna vez tomaste una galleta de chispas de chocolate y al comerla descubriste que las chispas de chocolate no eran chispas de chocolates sino pasitas? Incluso si te gustan las pasitas, la galleta adquiere un sabor desagradable. ¿Te has preguntado por qué ocurre esto?

Hemos hablado ya de las reacciones semánticas y el efecto que tienen en nosotros. Al tomar la galleta pensando que es de chispas de chocolate, tu cerebro recurre a los sabores, texturas, olores, y sensaciones que grabó al momento de comer por primera vez la galleta de chispas de chocolate y que fueron reforzadas cada vez que las seguiste comiendo. En el momento que pruebas la galleta de pasitas y las sensaciones no concuerdan con las esperadas, el cerebro entra en una especie de cortocircuito ya que la experiencia esperada por el cerebro no concuerda con la realidad.

Aunque no lo creas, esto es la causa de la mayoría de las tristezas y decepciones que ocurren en nuestras vidas. Te doy otro ejemplo, eres heterosexual y tienes a tu pareja. Ya llevan varios años de estar juntos y están pensando en casarse cuando, justo antes de la noche de bodas, la encuentras en pleno acto sexual con una persona de su mismo sexo. ¿Ves qué pasó aquí? Al encasillar a tu pareja dentro de la palabra novio/a o prometido/a esta palabra está asociada a una serie de características: fiel, heterosexual, honesto, cumplido, entre muchas otras. Es como si desde el momento en el que decidieron ser novios, en tu mente, tu pareja pasa a ser un “novio” y dejara de ser una persona. Ojo, no estoy diciendo que este debe ser el comportamiento esperado de cualquier persona, lo que estoy diciendo es que hay personas que se comportan de esta manera. ¿Por qué tu “novio” iba a ser la excepción?

Siendo simplistas, ¿qué es lo único que se necesita para que una persona tenga una experiencia homosexual? Básicamente, una persona de su mismo sexo y tiempo. Considerando que estamos vivos y que no somos las únicas personas de nuestro sexo vivas, todo está dentro de las posibilidades. Y, por alguna razón, esta maravillosa máquina que llamamos cerebro realmente cree que al ponerle el título de novio/a a nuestras parejas, estas quedan blindadas de pasar por una experiencia homosexual.

Cuando estaba en la escuela, solía tener una manera de pensar distinta antes y después de los exámenes. Antes de hacerlos la mentalidad era positiva: me va a ir bien, estudié los suficiente, seguro el examen está fácil. Al terminarlo, cambiaba automáticamente: pudo irme mejor, seguro traigo un 3.0, estaba más difícil de lo que pensaba. Quienes me conocen saben que nunca hubo un examen que me entregaran que me hiciera sentir mal por haber traído un fracaso ni saltar de emoción por traer un 5.0 (me tocó ver a compañeros llorar por un 3.8). La clave de mi serenidad ante estos momentos de zozobra: espera lo mejor, prepárate para lo peor.

Hay cosas que son inesperadas, que nos tomarán por sorpresa y no estaremos preparados para afrontarlas. Sin embargo, hay algo con lo que todavía “no doy pie con bola”. Si bien es cierto que nos arriesgamos en muchos casos a asumir que los eventos que tienen bajas probabilidades de ocurrir simplemente no van a pasar (como la clasificación directa de Panamá al Mundial que me puso a llorar de rodillas en la sala de mi apartamento), hay una cosa que es 100% segura y es que, en algún momento, alguien muy cercano a nosotros y que queremos muchísimo va a morir. Como suelo decir, lo único que se necesita para morir es estar vivo, y sin embargo actuamos como si todos nuestros familiares y amigos fueran a vivir para siempre. Esto hace que no valoremos el tiempo que pasamos con ellos y no nos preparemos para cuando esto ocurra, siendo lo primero parte del proceso de lo segundo.

Con esto no quiero decir que podemos entrenar nuestro cerebro para no sufrir una pérdida de esta magnitud, incluso considero que este sufrimiento es necesario. No obstante, el sufrimiento, así como la vida de esos seres queridos, debe ser pasajero también. No debemos acarrear ese dolor por el resto de nuestras vidas. Tampoco estoy diciendo que debemos olvidar a nuestros seres queridos fallecidos, pero cada vez que los recordemos, que nuestras lágrimas no sean por el dolor de su ausencia sino por la nostalgia de los momentos vividos con ellos. La ausencia es para el resto de tu vida, pero tú puedes escoger recordar los mejores momentos. Semánticamente, ahorra mucho sufrimiento y esas lágrimas dejan un sabor más dulce, casi como unas chispas de chocolate.

Javier Narváez

Ingeniero Electromecánico y colaborador de ClaraMENTE con su columnas Jueves de Razón.

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